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jueves, 19 de febrero de 2015

LA HISTORIA OCULTA DE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN PARA JAPONESES EN AMÉRICA

El 19 de febrero de 1942, el presidente Franklin Roosevelt firmó la orden ejecutiva Nº 9066, autorizando al Departamento de Guerra para que creara áreas militares donde la permanencia de las personas civiles sería decidida por el Secretario de Guerra Henry Stimson. Las zonas serían en lugares desérticos de la costa del Pacífico, Washington, Oregón, Arizona y California; unos 120.000 japoneses o sus descendientes serían internados en campos de concentración. Stimson le aclaró al teniente general John L. De Witt, comandante general de la defensa del oeste de los Estados Unidos, que los descendientes de italianos no deberían ser molestados, y que solamente algunos inmigrantes alemanes debían recibir ser considerados.

Instrucciones en las calles para todos los
japoneses que abandonen sus domicilios con
sus pertenencias personales, marzo de 1942.
Existieron unos campos de concentración hace 73 años de los que se habla muy poco, creados por un decreto presidencial. Esta es la historia oculta de esta injusticia.

Luego de la orden emanada por F. D. Roosevelt, el 19 de febrero, el FBI comenzó a detener a todos los líderes japoneses por ser "sospechosos". Ninguno estuvo jamás acusado por crimen alguno. Casi todos eran simples miembros de la comunidad japonesa: sacerdotes sintoístas o budistas, periodistas, profesores de idioma japonés o sindicalistas. Los líderes de la colonia japonesa fueron liquidados así en una rápida operación.

Los hombres fueron deportados sin avisar. La mayoría de las familias no sabían por qué habían desaparecido, adónde habían sido llevados o cuándo serían excarcelados. La mayoría de ellos fueron transportados secretamente a campos de internamiento por todo el país. Muchas familias supieron sólo más tarde lo que había ocurrido con sus familiares. La operación incluyó también la congelación de cuentas bancarias, la incautación de bienes, drásticas limitaciones en los viajes y los desplazamientos, toques de queda y otras medidas restrictivas. Sin embargo, esta operación del FBI apenas anunciaba la siguiente etapa, de la evacuación en masa.

Ciudadanos de origen japonés esperan con sus
pertenencias que los trasladen a un campo de
concentración en abril de 1942.
A fines de 1941 vivían en los Estados Unidos 280.000 personas de origen japonés, 150 mil en Hawái y 130 mil en el continente. En los inicios de marzo de 1942 el US Army (ejército de los Estados Unidos) preparó la evacuación de casi 77.000 norteamericanos de origen japonés (los Nisei) y de 43.000 japoneses (Isei) de los Estados de California, Washington, Oregón y Arizona. A lo largo de toda la costa oeste aparecieron carteles con la orden de presentarse en los puntos de evacuación: "Instrucciones para todas las personas de ascendencia japonesa" - se podía ver en grandes caracteres, en el encabezamiento - El texto decía: "Todos los japoneses, extranjeros o no, serán evacuados en los puntos arriba citados el martes siete de abril a las 12 horas del mediodía." Se advirtió a los evacuados para que acarrearan sus propios colchones y para que llevaran, como mucho, el equipaje que pudieran en una mano (un informe de posguerra señalaba que el 80% de los bienes almacenados pertenecientes a japoneses internados fueron "saqueados, robados o vendidos durante su ausencia).

Una apelación presentada por organismos de defensa de los derechos humanos intentó impugnar el derecho del gobierno a encerrar personas por razones étnicas, pero la Suprema Corte de los Estados Unidos rechazó la petición.

Mapa de los "Campos de reubicación" en los
Estados Unidos. Clic para ampliarlo.
El 2 de marzo de 1942, el comandante general de la defensa del oeste de los Estados Unidos, DeWitt estableció el Área de Exclusión Militar 1, que ocupaba el oeste de Washington, Oregón, California y la mitad sur de Arizona. El Área de Exclusión militar 2 ocupaba el resto de los estados mencionados. DeWitt no pudo iniciar de inmediato la evacuación porque se percató que no era considerado un crimen que un civil se negase a cumplir una orden militar. Stimson solucionó el problema creando una ley que condenaba a todo civil que desobedezca a un militar en un área militar a un año de prisión y a una multa de 5 mil dólares.

Luego de la Orden Nº 9.066, un mes más tarde el Presidente Roosevelt firmó la Orden Nº 9.102 estableciendo la "Autoridad Militar de períodos de guerra" que operaba en los campos de internamiento. Roosevelt nombró a Milton Eisenhower, hermano del futuro presidente, para aplicar y dirigir esta ley excepcional.

Niñas hijas de japoneses saludan a la bandera
norteamericana en abril de 1942.
El 9 de marzo, el proyecto de la ley fue presentada ante el Congreso, solamente un senador republicano se opuso, y nadie votó en contra de la ley. El 21 de marzo la ley fue firmada por Roosevelt y DeWitt finalmente obtuvo la luz verde para iniciar la evacuación forzosa de los Nissei e Issei.

El 31 de marzo de 1942 la Zona 1 se declaró fuera de límites para cualquier persona de ascendencia japonesa. De inmediato se ordenó que aquellos japoneses o descendientes de japoneses residentes que se preparasen para partir, sin especificarse su destino final y limitándose su equipaje a un bolso de mano. Aunque 7 de cada 10 étnicos japoneses afectados por la medida habían nacido en los Estados Unidos, la orden no hacía distinción sobre nativos o extranjeros.

Mayo de 1942, la familia Mochida esperando
ser llevada a un campo de concentración.
También se pensó en internar a los extranjeros alemanes e italianos, pero se generaron tantas protestas que el gobierno estadounidense desistió de la idea, argumentando que la estructura económica de los Estados Unidos se vería afectada y que la moral de los ciudadanos descendientes de alemanes e italianos decaería.

La evacuación, establecida teóricamente contra sabotajes y espías, alcanzó e incluyó a bebés huérfanos, niños adoptados y aún a ancianos e impedidos. Los niños mestizos, si procedían de internados, también eran internados. El coronel Karl Bendetsen, que dirigía la operación, declaró: "Si tienen una sola gota de sangre japonesa irán a los campos de concentración. Esa es mi determinación".

Japoneses formando fila en San Francisco en
1942 para informarse donde serán relocalizados.
El ensañamiento contra los japoneses fue tal que en pocos meses se abrieron otros campos en Colorado, Wyoming, Idaho, Utah, Arkansas y Texas. Hasta se creó un campo de concentración en Panamá en la Zona del Canal. Inicialmente se pensó en obligar a los japoneses étnicos a vivir en unas áreas seleccionadas en el interior del país, pero luego se decidió internar a los prisioneros en campos especialmente creados para este fin.

Los campos de “reubicación” (así fueron bautizados)
Los campos de concentración de Estados Unidos utilizaron el nombre oficial de "Relocation Camps" o Campos de Reubicación. Para los efectos prácticos, el uso fue el mismo que los campos rusos, alemanes o ingleses. Aparte de los más grandes, hubo decenas de centros de detención más pequeños en otros estados.

Campo de concentración de Minidoka, en Idaho.
Manzanar, en California.
Tule Lake, en California.
Poston, en Arizona.
Gila River, en Arizona.
Granada, en Colorado.
Heart Mountain, en Wyoming.
Minidoka, en Idaho.
Topaz, en Utah.
Rohwer, en Arkansas.
Jerome, en Arkansas.
Crystal City, en Texas.

Los japoneses étnicos, unos 110 a 120 mil, fueron obligados a mal vender sus viviendas y negocios en ocho días, aunque en algunas partes este tiempo se rebajó a cuatro días o se elevó a dos semanas. Al enterarse de esta medida, aparecieron compradores hostiles, que compraron las posesiones japonesas a precios muy bajos. En aquellos días, los japoneses étnicos poseían un 0.02% de la tierra cultivable de la Costa Oeste, pero el valor de sus tierras, en promedio, era siete veces superior al del promedio regional. Cuando a un afectado por la medida se le negaron unos días adicionales para recolectar su cosecha, la destruyó. Inmediatamente fue arrestado acusado de sabotaje, este fue el mayor caso de sabotaje japonés reportado en Estados Unidos durante la guerra.

Campo de Reubicación de Manzanar, 
California, en julio de 1942.
Muchos japoneses colocaron sus posesiones en depósitos, esperando reclamarlas después de la guerra, pero mientras tanto fueron saqueados y robados. Algunos las arrendaron, pero los ocupantes luego se rehusaron a pagar el alquiler. Algunos dueños de plantaciones descubrieron después de la guerra que sus trabajadores habían vendido los terrenos a terceros. Muchos que decidieron no vender sus propiedades, descubrieron después de la guerra que sus casas habían sido invadidas o que el Estado las había expropiado por no haber pagado impuestos.

Una vez finalizado el tiempo para la preparación, los japoneses étnicos fueron llevados a centros de reunión en trenes o autobuses, vigilados por guardias armados. En la mayoría de los casos, estos centros eran hipódromos, y los evacuados tenían que dormir en los establos.

Japoneses en uno de los campos de
concentración de Estados Unidos.
Al final de mayo de 1942, los evacuados fueron instalados en campos rodeados por alambrado de púas. Dichos campos fueron llamados "centros de reubicación", pero las condiciones de vida allí eran ligeramente mejores que las de los campos de concentración.

En los campos, a cada familia se le entregaron placas con un número grabado para cada miembro, que fueron utilizadas para identificarse. Un campo de internamiento fue el de Crystal city en Texas, donde se albergó entre otros a japoneses, japoneses-latinos y alemanes (en total fueron internados en distintos lugares 11.000 inmigrantes alemanes). En dicho campo los internados recibieron un trato agradable por parte de las autoridades estadounidenses. Por otro lado el campo de Tule Lake estuvo bajo un régimen más severo; se reservó para los descendientes de japoneses y sus familias que eran sospechosos de espionaje, traición o deslealtad, así como para líderes comunitarios, como sacerdotes o maestros. Otras familias fueron llevadas a Tule Lake al solicitar ser repatriadas a Japón.

Niños japoneses detenidos en un campo de
concentración, probablemente en
Manzanar, California.
La razón esgrimida para encerrar a los japoneses fue la del "interés militar". Pero esta argumentación se mostró inconsistente por el hecho de que los japoneses residentes en Hawái no fueron internados en masa. Y eso que Hawái estaba en un peligro de invasión mucho mayor que la costa oeste americana. La población de la isla de Hawái estaba constituida en un 38% por japoneses, en comparación con el 1% que suponían de toda la población de California. Con la excepción de un pequeño número de hawaianos japoneses, todos permanecieron en libertad para mantener el funcionamiento económico de la isla.

Obligan a países de América a capturar japoneses
Los 23.000 japoneses que vivían en la costa oeste del Canadá, de los cuales tres cuartas partes eran ciudadanos canadienses, fueron perseguidos también. Canadá implementó 40 campos de concentración en todo el país donde vivieron 35.000 personas. En unos había inmigrantes alemanes, en otros italianos fascistas, en otros comunistas (a pesar que la URSS era aliada de Canadá). No se les permitió a los japoneses volver a la Columbia británica hasta marzo de 1949, siete largos años después de la evacuación y tres y medio después del fin de la guerra.

En la foto, agricultores japoneses en Perú.
Hubo muchas presiones de parte de Estados Unidos para casi todos los países de Latinoamérica obligándolos a expulsar a algunos de sus respectivos ciudadanos de origen japonés y enviarlos detenidos a los campos de Estados Unidos y Panamá o aplicasen su propio programa de internamiento. Algunas de estas personas sólo eran descendientes de japoneses y nunca habían estado en Japón. En total 2.264 japoneses del Perú fueron enviados a los campos de concentración de los Estados y Panamá. También 1.800 japoneses y descendientes de Bolivia, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Panamá y Venezuela.

De este modo, el Departamento de Estado obligó a los países de la América Latina para que acorralaran a "sus" japoneses. De estos “japoneses latinos”, unos 860 fueron enviados desde los campos de concentración hacia Japón, como parte de un intercambio de prisioneros. Al finalizar la guerra, 900 fueron deportados al Japón, 360 fueron objeto de órdenes condicionales de deportación, 300 permanecieron en los Estados Unidos, 200 regresaron a países de América Latina, y solo unos 79 recibieron autorización para regresar al Perú.

Japoneses procedentes de Sudamérica
llegan a Panamá en 1942.
Brasil, Uruguay y Paraguay establecieron sus propios campos de internamiento para sus ciudadanos japoneses. La República Argentina y Chile, dicho sea en su honor, manifestaron el ejercicio de su soberanía nacional y como países neutrales en la Segunda Guerra Mundial se opusieron a esta medida arbitraria contra gente inocente y no acataron las órdenes de los Estados Unidos. Ningún japonés ni descendiente fue ni detenido ni internado. Se calcula que durante la Segunda Guerra Mundial residían en la Argentina 5.400 japoneses, en Chile 538 y en Brasil la mayor cantidad, 188.935.  

Disolución
A inicios de 1943, DeWitt ya no contaba con credibilidad en el Departamento de Guerra, y fue relevado del mando en el Comando Oeste. En su reporte final, DeWitt aseguró que la evacuación forzosa de los japoneses hacia campos había sido necesaria, ya que aseguró haber recibido cientos de reportes sobre apariciones de luces en la costa y transmisiones de radio de origen desconocido. Hoover se mofó de la División de Inteligencia Militar de DeWitt, ya que mostraba "histeria y falta de juicio".

El fotógrafo Ansel Adams fue
perseguido por denunciar los campos
de concentración para ciudadanos
de origen japonés.
El fotógrafo Ansel Adams (1902-1984), publicó en 1944 un libro titulado Nacidos libres e iguales (Born Free and Equal), denunciando los campos de concentración para ciudadanos de origen japonés. Su iniciativa para dar a conocer la injusticia acabó mal, ya que la mayor parte de la prensa y los medios de comunicación lo atacaron y alentaron la violencia contra su libro. Se realizaron redadas en librerías y bibliotecas buscando su libro, celebrándose en las calles de las ciudades estadounidenses quemas públicas de su obra que se arrojaba sobre grandes piras mientras la gente gritaba para quemar también al fotógrafo.

Sin embargo, no fue hasta la primavera de 1944 que el Departamento de Guerra recomendó la disolución de los campos al Presidente Roosevelt. Sin embargo, debido a que ese año Roosevelt buscaba la reelección, la decisión fue aplazada.

De esta manera, en la primera reunión de gabinete después de la reelección de Roosevelt, se decidió soltar a todos los evacuados que habían demostrado ser leales. Pero esta decisión tardó un año en llevarse a cabo completamente. A la salida, a fines de 1945, los evacuados recibieron un boleto de tren y 25 dólares. El último japonés en ser liberado fue en diciembre de 1946.

Luego de la guerra
El gobierno estadounidense prometió que ofrecería compensaciones a las víctimas a partir de 1951, pero se disculparía sólo en 1988, afirmando que la concentración de prisioneros se debió a "los prejuicios raciales, la histeria bélica y la deficiencia del liderazgo político". El Presidente Ronald Reagan firmó además un acta, donde ofrecía 20 mil dólares a las víctimas sobrevivientes.

Mayo de 1942, un grupo de japoneses
llega al campo de concentración
al que fueron destinados.
Durante la guerra, muchos estadounidenses descendientes de japoneses perdieron todas sus posesiones ya que sus ahorros fueron confiscados por el gobierno al ser considerados "propiedad enemiga". Se estima que se perdieron unos 400 millones de dólares de esta manera, pero después de la guerra, el gobierno solamente devolvió 40 millones de dólares. Sin embargo, estas devoluciones ocurrieron muchos años después del ataque a Pearl Harbor. En el caso de los clientes del Yokohama Specie Bank, banco estadounidense de origen nipón, los depositantes no recibieron sus ahorros sino hasta 1969, cuando la Corte Suprema falló a su favor, especificando que la devolución debía realizarse sin intereses y al cambio pre-guerra.

Japoneses mueren por Estados Unidos
Al aumentar el número de bajas aliadas durante la guerra se decidió llevar a la guerra a todos los jóvenes japoneses recluidos en los campos de concentración. Pero en vez de enviarlos a luchar al Pacífico, se decidió que fueran destinados a la guerra en Europa. Se los envió a misiones prácticamente suicidas o casi irrealizables.

El 442º Regimiento de Infantería integrado por
japoneses-estadounidenses fue la unidad
militar más condecorada de toda la historia
de los Estados Unidos.
Una de las unidades más condecoradas durante la Segunda Guerra Mundial fue el 442º Equipo de Regimiento de Infantería, integrado por japoneses-estadounidenses o nisei. Fueron tratados como soldados de segunda clase y sus familiares recluidos en los campos no tuvieron ningún privilegio. 

Cuando fueron a la guerra eran 1432 hombres bajo el mando del coronel Farrant L. Turner, todos sus oficiales eran descendientes de japoneses. Entraron en combate en Salerno, Italia, el 27 de setiembre de 1943, donde habían desembarcado un día antes. Luego participaron en las batallas del cruce de Volturno y Montecassino. El 26 de marzo de 1944 estuvieron en la cabeza de playa en la batalla de Anzio. Los nisei avanzaron hacia la capital italiana y combatieron entre Lanuvia y La Torretto, luego de fieros combates que duraron 36 horas quebraron la línea alemana y avanzaron triunfantes hacia Roma pero recibieron la orden del general Mark Wayne Clark de detenerse 11 kilómetros antes de ingresar a la ciudad porque el Alto Mando no quería que los italianos y el mundo vieran a japoneses como libertadores de Roma. Luego fueron enviados a Los Vosgos en Francia.

Veteranos del 442º regimiento en Washington,
durante un homenaje.
En total el Regimiento 442 recibió 18.143 condecoraciones siendo el regimiento con más medallas de toda la historia de los Estados Unidos. Entre las condecoraciones se pueden citar 8 Citaciones Presidenciales de la Unidad, 21 Medallas de Honor, 52 Cruces por Servicio Distinguido, 560 Estrellas de Plata, 4000 Estrellas de Bronce y más de 9.486 Corazones Púrpura. Sin embargo, a pesar de su heroísmo, sus familias estaban prisioneras en los campos de concentración estadounidenses. Y los héroes no podían entrar a ningún bar porque tenían carteles que decían: "No se admiten japos".

Se anuló el poderío económico de los inmigrantes japoneses
Antes del ataque de Pearl Harbor, los japoneses establecidos en los Estados Unidos eran muy apreciados. Desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial se extendió el mito que hoy no es tal sino una realidad, ya que los inmigrantes  japoneses perdieron todos sus bienes en pocos días, de que fueron poderosos grupos antijaponeses de cierta colectividad minoritaria que todos ya conocen, los que planearon la evacuación forzada para anular su poderío económico. La realidad demostró que el poderío del ciudadano japonés residente en Estados Unidos, sus ahorros, terrenos, casas, fueron arrasados en pocos días por una orden presidencial.

Japoneses son registrados al llegar al
campo de concentración de Heart
Mountain, Wyoming.
La Comisión sobre Confinamiento y Reubicación de Civiles durante la Guerra, del Congreso de los Estados Unidos explicó en un informe de 1983 acerca de la denegación de justicia su decisión de llamarlos campos de reubicación con estas palabras:

“La Comisión se ha abstenido por lo general de modificar los términos y frases empleados, intentando con ello reflejar adecuadamente la terminología de la época y evitar la confusión que podría provocar la introducción de terminología novedosa. Dejamos al lector mismo que decida hasta qué punto la retórica de la época confirma la sentencia de George Orwell de que en nuestra época, el idioma de la política consiste por lo general en la defensa de lo indefendible; para hacerlo, debe consistir sobre todo en eufemismos, peticiones de principio y pura y simple vaguedad.

La mayoría de los historiadores actuales utilizan la expresión campos de internamiento por considerarla relativamente neutral”.

Mujeres japonesas conversan en una barraca
de un campo de "reubicación" en algún lugar
de los Estados Unidos.
El Gobierno norteamericano manifestó que los centros de detención no tenían nada que ver con los horribles campos de concentración de sus enemigos en Europa. La agencia de relaciones públicas del Ejército se refería constantemente a ellos como "Campos de reasentamiento" y "asilos para refugiados". El Departamento de Estado negaba que los centros fueran campos de concentración: "por el contrario, las zonas donde estas comunidades están establecidas permiten a los japoneses el poder organizarse social y económicamente con la protección de las autoridades centrales de los Estados Unidos". En un artículo publicado por la oficina de relaciones públicas del Ejército, en septiembre de 1942, un oficial se dirigía a los norteamericanos en términos similares y añadía que "a la larga los japoneses sacarán provecho de esta terrible y dolorosa experiencia". 

Lo cierto es que eran muy parecidos a los de los de los alemanes. William Denman, juez jefe de la Novena Corte de Apelación, describió así el Campo de Lago Tule:

Japoneses llegan al campo de concentración
de Lago Tule donde vivían hacinadas en
barracas 18.000 personas.
"Las alambradas de espino rodeaban a las 18.000 personas, igual que en los campos de concentración alemanes. Había las mismas torretas, con las mismas ametralladoras, destinadas para aquellos que intentaran escalar las altas alambradas. Los barracones estaban cubiertos por cartón alquitranado y esto teniendo en cuenta las bajas temperaturas invernales de Lago Tule. Ninguna penitenciaria del Estado trataría así a un penado adulto y allí había niños y recién nacidos. Llegar a las letrinas, situadas en el centro del campo, significaba dejar las chozas y caminar bajo la nieve y la lluvia. Una vez más el tratamiento era peor que en cualquier cárcel, sin diferenciar, además, a niños o enfermos. Por si fuera poco, las 18.000 personas estaban hacinadas en barracas de una sola planta. En las celdas de las penitenciarías estatales jamás hubo tales aglomeraciones)". (Weglyn, pág. 156).

El Ejército utilizó seis vehículos blindados y un batallón de policía militar (31 oficiales y 899 suboficiales y soldados) para la custodia de este Campo de Lago Tule, en California. Otros campos poseían cercas electrificadas, un sin sentido si tenemos en cuenta que todos estaban situados en desiertos y zonas desoladas. Cada campo contaba con potentes focos que por la noche iluminaban hacia los barracones.

Monumento conmemorativo a los ciudadanos
muertos en el campo de reubicación de Manzanar.
Se disparó contra cientos de internados, sufriendo muchos de ellos heridas. Ocho murieron por arma de fuego. Por ejemplo en Manzanar murieron 135 personas en una manifestación dentro del campo pidiendo condiciones dignas, y en respuesta fueron acribilladas a balazos por los centinelas. En otras ocasiones los japoneses fueron golpeados brutalmente sin razón alguna. En el Campo de Lago Tule los guardianes tenían como costumbre el golpear a los detenidos con bastones de beisbol. Cuando los japoneses del campo californiano de Manzanar se manifestaron contra las condiciones de vida, los soldados arrojaron granadas de humo y a continuación abrieron fuego. Un internado murió en el acto y otro más tarde. Otros nueve fueron gravemente heridos. Hubo japoneses que, desesperados, se suicidaron. Otros murieron a causa de las paupérrimas condiciones de vida.

A menudo tres generaciones de una misma familia vivían en una habitación de 6 x 7 metros. Algunas veces eran dos o tres familias distintas las que se alojaban en la misma habitación. Una bombilla era el único mobiliario, excepción hecha de aquel que los internados pudieron construirse. En otros casos las familias fueron enviadas a establos recién "reconvertidos", donde el hedor se volvía insoportable en verano.

El campo de concentración de Crystal City, en
Texas, uno de los principales destinos de los
japoneses latinoamericanos.
Todo el correo era censurado, así como las comunicaciones internas. El japonés estaba prohibido en reuniones públicas y los servicios religiosos fueron suprimidos. Los prisioneros estaban obligados a saludar a la bandera, cantar canciones patrióticas y a declarar su lealtad a la nación "una e indivisible, con libertad y justicia para todos."

Uno de los aspectos más significativos de esta represión racista es el hecho de que no fue protagonizada por fascistas, nazis y militares de extrema derecha, sino que -- por el contrario -- fue propagada, justificada y administrada por hombres bien conocidos por su apoyo al liberalismo y la democracia.

La vida en los campos de concentración
norteamericanos era tan dura que hubo
japoneses desesperados que se suicidaron.
Condenado hoy en día por todo el mundo el programa de internamiento de japoneses, es difícil darse una idea del alcance y del apoyo que entonces tuvo. La vasta operación -- como J. Ten Broek apunta -- fue "iniciada por los generales; asesorada, ordenada y supervisada por los jefes civiles del Departamento de Guerra; autorizada por el presidente; sufragada por el Congreso; aprobada por la Corte Suprema y aprobada por el pueblo". (Ten Broek, pág. 325).

La primera demanda pública pidiendo el internamiento de los japoneses parece que fue hecha a comienzos de enero de 1942 por John B. Hughes, importante locutor de la Mutual Broadcasting Company. Poco después, Henry McLemore, columnista de la red de periódicos Hearts, decía a sus lectores: "Estoy por el traslado inmediato de todo japonés de la costa oeste de los EE.UU. a algún lugar lejano, en el interior; y no quiero decir tampoco a un lugar bonito. Que los reúnan como a un rebaño y que los despachen a lo más hondo de las regiones yermas. Dejémosles que palidezcan, enfermen, tengan hambre y mueran. Personalmente, odio a los japoneses. Y esto va por todos, sin excepción". (Ten Broek, pág. 75).

Japoneses a la hora de comer en el Centro
de reubicación de Manzanar, California.
El popular actor Leo Carrillo telegrafió al diputado de su circunscripción: "¿Por qué esperar a que los japoneses se sobrepongan antes de que actuemos?... Trasladémoslos inmediatamente de la costa hacia el interior... Le insto en nombre de la seguridad de todos los californianos para que la acción se inicie inmediatamente". (Ten Broek, pág. 77).

En febrero, una delegación de congresistas de la Costa Oeste escribió al Presidente pidiendo "una evacuación inmediata de todas las personas de ascendencia japonesa... ya sean extranjeras o ciudadanos de los Estados Unidos, de la costa del Pacífico."

Japoneses detrás del alambrado de un campo
de concentración de Estados Unidos.
En una emisión radiofónica para el sur de California, en conmemoración del aniversario de Lincoln, Fletcher Brown, a la sazón alcalde de Los Ángeles, denunció el "enfermizo sentimentalismo, de aquellos preocupados por las injusticias cometidas contra los japoneses residentes en los Estados Unidos... Afirmó que si Lincoln viviese "detendría a la gente nacida en suelo americano que guardase secreta lealtad al emperador del Japón." "No hay la menor duda -- asertó Brown ante su audiencia -- de que aquel Lincoln, de apacible aspecto, cuya memoria hoy recordamos y reverenciamos, hubiese detenido a todos los japoneses y los hubiese llevado donde no pudieran causar ningún daño".

Campo de concentración de Granada, Colorado.
Walter Lippmann -- probablemente el más famoso de los columnistas del país -- apoyó sin cortapisas la evacuación en masa en un artículo aparecido en febrero y titulado "La quinta columna de la costa". Westbrook Pegler, su oponente conservador, siguió sus pasos días más tarde.

Sólo una semana después del ataque a Pearl Harbor, el congresista por Misisipí, John Rankin, afirmaba en la Cámara de Representantes: “Propongo que se capture a todos los japoneses de América, Alaska y Hawái y se les interne en campos de concentración; y se les envíe cuanto antes hacia Asia. Esto es una guerra racial. La civilización del hombre blanco ha entrado en guerra con el barbarismo japonés. Uno de los dos habrá de ser destruido. ¡Condenémosles! ¡Deshagámonos de ellos ahora!" (Ten Broek, pág. 87). Otro miembro del Congreso propuso la esterilización de todos los japoneses. Todas estas manifestaciones estaban en consonancia con el sentimiento popular inmediatamente después de Pearl Harbor los japoneses fueron excluidos de varios sindicatos. Entre el 8 de diciembre y el 31 de marzo la ira antijaponesa produjo 36 agresiones, además de 7 muertes. Una encuesta realizada en enero de 1942 arrojaba cifras de un 93% de encuestados favorables a la evacuación de japoneses con pasaporte extranjero, mientras que un 59% quería que se expulsara también a los que tenían pasaporte norteamericano y sólo un 25% desaprobaban expresamente esta medida.

Ilustración norteamericana de 1942 sobre
los japoneses.
Se dio muchísima importancia al hecho de que los inmigrantes nacidos en el Japón, pero residentes en los Estados Unidos desde hacía décadas (todos isei) no se hubieran nacionalizado, como supuesta prueba de su lealtad al emperador. Pero no se mencionó una antigua ley, no derogada hasta 1952, que les privaba de obtener la ciudadanía norteamericana.

Los japoneses fueron deportados en un momento en que la nación apoyaría cualquier tipo de medida tomada por el gobierno federal en nombre de la victoria. El hecho de que los japoneses fueron enviados a campos de concentración, y no por grupos de recalcitrantes racistas para hundir el poderío económico de los nipones, sino por un gobierno poderoso y populista, dirigido por demócratas y liberales es bien revelador. En la cúspide de la lista de los responsables -- no sólo de autorizar, sino también de llevarlo a término -- estaba el presidente F. D. Roosevelt.

Foto del Campo de "Reubicación" de Heart
Mountain, en Wyoming en 1942.
Antes de promulgar la Orden N· 9.066, el fiscal general de los Estados Unidos advirtió a Roosevelt que la seguridad del Estado no justificaba la evacuación de los japoneses. La Oficina del Fiscal General también manifestó que la evacuación supondría una violación de la Constitución.

El decano de los historiadores revisionistas americanos, Prof. James J. Martin, calificó el programa de evacuación como una "transgresión de los derechos humanos tan importante como para ridiculizar a todas las violaciones de los derechos humanos ocurridas desde el comienzo de los Estados Unidos hasta hoy". (Weglyn, pág. 67) Roosevelt autorizó, apoyó y mantuvo una acción que sabía racista y descaradamente anticonstitucional. Pero este no es sino otro ejemplo de la enorme hipocresía con que siempre se condujo.

Camp Road, uno de los campos de reubicación
para los japoneses canadienses.
El responsable de organizar la evacuación, el teniente general DeWitt, declaró: "En esta guerra en que nos encontramos, una simple migración no rompe las afinidades raciales. La raza japonesa es una raza enemiga y aunque hayan nacido dos o tres generaciones en los EE.UU., posean la nacionalidad y se hayan ''americanizado'' sus lazos raciales permanecen insolubles... De esto se sigue que a lo largo de la costa oeste hay 112.000 enemigos potenciales de origen japonés". (Ten Broek, págs. 4, 110 y 337) Henry L. Stimson, ministro de la guerra, fue más lejos: "Sus características raciales son tales que no podemos comprenderlos ni fiarnos de ellos".

Otra persona bien conocida por sus amplias miras liberales que ayudó a la organización de la evacuación y al internamiento fue el Subsecretario de la Guerra, John J. McCloy, que durante cuatro años sirvió de enlace entre el Ministerio de la Guerra y la WRA (Autoridad Militar especial en tiempo de guerra), la agencia que gobernaba los campos de concentración. Después de la guerra, McCloy fue nombrado alto comisionado en Alemania y como máximo cargo aliado de la ocupación, McCloy trabajó arduamente para imponer la democracia al vencido pueblo germano.

Campo de concentración de Manzanar,
California, el costo de cada comida por persona
y por día era de 15 centavos.
El jefe del gabinete civil del Mando Oeste de Defensa y enlace con el Departamento de Justicia, fue Tom Clark, que más tarde sería también partícipe de los "juicios" de Núremberg. En 1966 Clark declaraba: "Sin duda he cometido errores en mi vida, pero hay dos que públicamente reconozco y deploro: uno es mi intervención en la evacuación de los japoneses de California; la otra es el juicio de Núremberg."

Abe Fortas fue otro liberal de la Corte Suprema de Justicia que tomó parte activa en la campaña contra los japoneses. Quizá fue Earl Warren el más sorprendente abogado de esta causa. Considerando su larga carrera de liberal vocinglero es paradójico cuando menos que él, más que ninguna otra persona, liderara el sentimiento popular antijaponés, que hiciera más que nadie para que los japoneses fueran deportados y encarcelados. Como fiscal general de California Warren azuzó el racismo, en manifiesto esfuerzo por promover su carrera política. Era, además, miembro de la xenófoba organización "Hijos del país del dorado Oeste" dedicada a conservar California "como ha sido siempre y Dios entiende que debe ser: el paraíso del hombre blanco". Los miembros de esta organización pretendían "Salvar California de la invasión amarilla y de sus compañeros renegados blancos".

Campo de concentración de Topaz, en Utah.
En febrero de 1942 Warren testificó ante un Comité especial del Congreso sobre la Cuestión Japonesa. El se presentaba a Gobernador del Estado y resultó elegido. Warren testificó, falsamente, que "los japoneses se habían infiltrado en cada punto estratégico de la costa y de los valles." A continuación Warren afirmaba, en asombrosa elucubración, que el hecho de que ningún japonés hubiera cometido hasta entonces un hecho de deslealtad era una prueba de que en el futuro los cometerían. Más tarde, cuando el Gobierno comenzó a liberar japoneses cuya lealtad estaba fuera de toda duda, el Gobernador Warren protestó para que cada japonés liberado fuera apartado de California como potencial saboteador. Sorprendentemente años más tarde, este hombre que se había aupado gracias a la xenofobia antijaponesa, realizó desde su cargo de jefe de justicia de la Corte Suprema una política abiertamente favorable a los negros.

Después de la evacuación muy pocos quisieron a los japoneses nuevamente en California. Un periodista, Robinson, amenazó con degollar a cualquier deportado que osara volver. La congresista por California, Clair Engle, declaró: "No queremos a esos japoneses de vuelta y cuanto antes nos deshagamos de ellos mejor". Un sondeo realizado por un periódico de Los Ángeles a finales de 1943 mostraba que los californianos, en una proporción de 10 a 1, votarían por impedir que los ciudadanos de origen japonés se reintegraran en sus vidas normales. En los seis meses siguientes al fin del programa de evacuación se produjeron más de treinta agresiones contra la vuelta de los internados. En Fresno y en otros lugares cercanos, las casas de las familias recién regresadas fueron atacadas. Las organizaciones antijaponesas se multiplicaron en California y en la costa Noroeste.

Soldados del Ejército vigilan a los japoneses
que son obligados a subir a los trenes para
ser internados en los campos de
concentración en abril de 1942.
Apenas existió oposición al Programa de Evacuación. Una curiosa excepción: Edgar Hoover, jefe del FBI, protestó enérgicamente contra el Programa. Este hombre, tan denostado por los liberales norteamericanos como la personificación del fascismo y la reacción en los EE.UU., creía que la histeria de la evacuación estaba "basada más en la presión de los políticos que en hechos reales." Afirmó que el FBI era perfectamente capaz de controlar a los pocos sujetos sospechosos (Weglyn, pág. 284).

Por su parte el predecesor de Warren, el Gobernador liberal de California Culbert L. Olson, tenía un motivo muy especial para oponerse a la evacuación. Propuso que, en vez de internar a los japoneses adultos en campos de concentración, se les llevara a las áreas rurales donde se localizaban las principales cosechas. Si los japoneses no se ocupaban de esas duras tareas -- temía Culbert -- "la avalancha de chicanos y negros será inevitable". (Weglyn, pág. 94).

Norman Thomas denunció los
campos de concentración
norteamericanos cuando
todos callaban. Aquí en
una foto de 1937.
Seguramente la única personalidad honesta en esta historia fue Norman Thomas (1888-1968), el líder de los socialistas norteamericanos, cuya actitud fue, cuando menos, nada hipócrita y considerada desde la perspectiva actual, casi heroica. Thomas había sido el portavoz y el líder verdadero del movimiento para mantener a los Estados Unidos fuera de la conflagración mundial y fue la única personalidad en oponerse vehementemente al Programa de Evacuación. Thomas denunció la política de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU), de la que, sin embargo, había sido co-fundador, cuando la ACLU manifestó que la Evacuación caía dentro de las atribuciones del Presidente, "lo que es -- replicó Thomas -- quizá tan ominoso como la Evacuación misma... y es comúnmente aceptado por esos que tan orgullosamente se autocalifican de liberales".

Este raro y honesto liberal y pacifista norteamericano se consternaba ante la general tolerancia del Programa y así lo escribió: "Con mi experiencia de casi treinta años nunca encontré más difícil el hacer despertar al pueblo norteamericano en un asunto tan importante. Los hombres y mujeres que no conocen los hechos (a excepción de la versión de color de rosa de la prensa) niegan vehemente que haya campos de concentración; aparentemente es un término sólo utilizable cuando los guardianes hablan alemán". (Weglyn, págs. 111-112).

Dillon Myer, encargado de los Campos de
Reubicación, acompañado de la Primera Dama
Eleanor Roosevelt, visitando el campo de
Concentración de Gila River, Arizona,
el 23 de enero de 1943.
La Corte Suprema falló sobre tres casos relacionados con el programa de Evacuación. En el Caso Hirabayashi (1943) la Corte falló unánimemente a favor de une condena contra un grupo de personas, diferenciadas únicamente por su origen racial. En el Caso Korematsu (1944) se juzgaba a un Nissei (ciudadano de origen nipón) que se negó a aceptar la evacuación. El juez Hugo Black, hablando por el jurado, decidió que el Programa era válido. Ignorando las garantías constitucionales y la igualdad ante la ley, el tribunal decidió que un grupo de ciudadanos pueden ser discriminados y arrancados de sus hogares, internados en campos de concentración durante varios años, sin prueba alguna, únicamente por su origen.

Japoneses del campo de concentración de
Poston, ubicado dentro de una reserva
indígena en Colorado.
Sólo a fines de 1944, en el Caso Endo, la Corte falló unánimemente que el Gobierno no tenía derecho a detener ciudadanos norteamericanos indefinidamente. Esta decisión acabó con el Programa de Evacuación. A los dos días de concluir el proceso, el Gobierno anunció que, exceptuando a los sospechosos, los japoneses encarcelados eran libres para volver a sus hogares.

Se han hecho a menudo comparaciones entre los campos de concentración alemanes y los norteamericanos. Aunque los de Topaz, Poston y Rio Gila no fueron nunca tan conocidos como los europeos. El hambre y las epidemias no llegaron nunca a los campos norteamericanos; a los alemanes sí. En los Estados Unidos la vida social y económica permaneció prácticamente intacta durante la Segunda Guerra Mundial. Las ciudades no fueron destruidas por los bombardeos. Nunca hordas de invasores amenazaron sus fronteras. El Gobierno americano pudo, pues, dirigir sus campos de concentración como en tiempos de paz.

Típica barraca del campo de concentración
de Manzanar, en California.
El historiador norteamericano Mark Edward Weber explica que la situación alemana era totalmente distinta. En los últimos meses de la guerra Alemania sostenía una lucha desesperada por su existencia y el sistema socio-económico se colapsó totalmente debido a las derrotas militares. Las horrendas escenas fotografiadas por los aliados en los campos de concentración alemanes y que fueron distribuidas como propaganda por todo el mundo mostraban, en realidad, los resultados del hambre y las epidemias que campaban a sus anchas por Europa como consecuencia de la guerra.

En los juicios de Núremberg los abogados defensores alemanes comparaban la evacuación de los judíos de Europa con la deportación de los japoneses de la costa oeste norteamericana. En ambos casos las deportaciones estaban justificadas -- según las autoridades de cada país -- por "necesidades militares". Los abogados defensores citaron los fallos del Tribunal Supremo norteamericano en los Casos Hirabayashi y Korematsu. En el fallo del primero se hacía constar que la decisión estaba basada "en el reconocimiento de hechos y circunstancias que indican que un grupo de una extracción determinada puede amenazar la seguridad nacional más que otros".

Niños japoneses de 5º y 6º grado detenidos
en el Campo de concentración de
Jerome, en Arkansas.
Dice Weber que los alemanes tuvieron, si se piensa, razones mucho mayores para internar a los judíos europeos. Los japoneses fueron deportados bajo la sospecha de lo que podían llegar a hacer: ni un solo japonés fue realmente acusado de un caso probado de sabotaje o espionaje. Pero miles de judíos de toda Europa formaban parte, como reconocen todos los historiadores y proclaman con orgullo los judíos, de los movimientos de resistencia. Y habían cometido incontables delitos tipificados, como asesinato, incendio, robo y destrucción, antes de que los alemanes iniciaran la evacuación.

Además, los alemanes tenían mayor justificación legal para su política. La gran mayoría de los internados japoneses eran ciudadanos norteamericanos, con derecho a ser protegidos por la ley en un plano de igualdad; mientras que los judíos de Alemania y la Europa ocupada no eran, en su inmensa mayoría, ciudadanos alemanes. La mayoría de los judíos evacuados hacia el Este procedían de territorios ocupados o de países aliados de Alemania.

Soldados norteamericanos vigilando a
los civiles japoneses internados en el
campo de Manzanar, obsérvese la
ametralladora en el medio. Aquí 

fueron asesinadas 135 personas.
En la postguerra los "mass media" han insistido, durante años y con ahínco, en la "culpa" del pueblo alemán por no haber -- en general -- hecho nada cuando los judíos eran evacuados hacia el Este. ¿Cómo comparar esto con el entusiasmo sin límites y sin precedentes del pueblo norteamericano a favor de la deportación de los nipones?

Desde el fin de la guerra mundial los alemanes han pagado más de 10 billones de dólares en indemnizaciones a organizaciones judías, al Estado de Israel y a muchos judíos individualmente, en todo el mundo, a causa de "haber sufrido física o psíquicamente, o haber sido privados injustamente de su libertad". Sin embargo, ningún internado de los campos de concentración norteamericanos ha recibido hasta ahora ni un solo dólar por todas las humillaciones, privaciones e ingresos económicos perdidos en los años de cautiverio. Apenas recibieron 40 millones de dólares que eran bienes propios que les fueron reintegrados a algunos sobrevivientes japoneses presentando los comprobantes.

Familias japonesas rumbo a los campos de
concentración convenientemente vigiladas
por soldados en abril de 1942.
Los alemanes fueron acusados en Núremberg de "crímenes contra la humanidad", entre otros motivos, por perseguir a personas por su origen racial. ¿Qué responsabilidad tuvieron los países, incluidos los Estados Unidos, que constituyeron el Tribunal Militar Internacional y mantuvieron en sus territorios el mismo principio? ¿Por qué ningún norteamericano fue llamado a declarar por los mismos crímenes por los cuales los alemanes fueron juzgados y ahorcados en Núremberg? 

'¡Ay de los vencidos!' dijo Breno o Brenno, jefe del pueblo celta de los senones, que vencieron a los romanos en la Batalla de Alia, en el 390 a. C. (40.000 romanos contra más de 70.000 galos). Tras la victoria marcharon sobre Roma, saquearon la ciudad a excepción de la colina Capitolina, la más alta de las siete colinas, que estaba amurallada y fue sitiada.

Breno negoció con los romanos a que paguen 1.000 libras romanas de oro (unos 327 kilos) para terminar el asedio y hacer las paces. Según cuenta la historia, los romanos descubrieron que Breno usaba pesas falseadas en la balanza para medir el oro. Cuando se quejaron, se dice que Breno exclamó: "¡Vae victis!" (¡Ay de los vencidos"), y desenvainando su espada, la arrojó a la balanza. Dando a entender que los vencedores pueden falsear lo que quisieran sobre los vencidos.

La frase sobrevive hasta nuestros días, usándose para hacer notar la impotencia del vencido ante el vencedor, sobre todo en las negociaciones entre ambos. Pretender juzgar a unos vencidos por lo que digan los vencedores es siempre una estupidez. Por ello, hay que ser muy prudentes en aceptar las 'verdades oficiales' de los vencedores de una guerra. Sean quienes sean.

9 comentarios:

  1. Todo pais tiene su lado bien oscuro

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  2. SE HAN CUIDADO MUY BIEN DE QUE EL MUNDO NO SEPA ESTO

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  3. Me gustaría exponer una reflexión al respecto: Alemania, al día de hoy, tiene que vivir con el "reproche de los que todavía los apuntan con el dedo" por haber creado campos de concentración para judíos inocentes; mientras a Estados Unidos se le aplaude en la ignorancia de dichos acontecimientos. Venga, sigamos alimentándonos del pan y circo estadounidense, veamos hasta donde nos dura esta "felicidad superflua"

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    1. EEUU Y UK SON AMOS SEÑORES Y DUEÑOS DEL MUNDO AL MENOS POR AHORA SE HACE Y SE CREE LO QUE ESOS DOS PARASITOPS SATANICOS ORDENEN Y LES DE LA REAL GANA

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  4. Estan equivocados. Al menos en Santiago, varias familias japonesas fueron expropiadas de sus negocios y casas y enviadas a campos de confinamiento al norte. Chile era gobernado por Juan Antonio Rios que no dudo en seguir a la pata lo solicitado por Estados Unidos

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    1. Tenía entendido que Argentina, Chile y Paraguay no siguieron el plan antijaponeses de los estadounidenses.

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  5. LA HISTORIA DESDE SIEMPRE ES COMO LA CUENTAN LOS VENCEDORES LES GUSTE O NO LES GUSTE ESA ES LA VERDAD

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  6. El publo y gobierno de los estados unidos de norteamerica estan condenados a seguir sufriendo las consecuencias de sus abusos a los derechos de otros paises, pues no predica con el ejemplo, seguiran cosechando lo que siembran, mientras no lo quieran entender

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